La izquierda tiene un problema de origen, su anticristianismo.
Esa raíz atea es parte intrínseca de su cosmovisión, sea light o radical.
Ahora la moda engañosa es afirmar que "se puede ser perfectamente cristiano y de izquierda". La frase tropieza con un obstáculo, su origen filosófico e histórico.
La división entre izquierda y derecha nace durante la Revolución Francesa. La facción más radical, encabezada por los jacobinos, emprendió una profunda descristianización de Francia. Se cerraron iglesias, se persiguió al clero católico miles de religiosos fueron ejecutados o deportados y, en una acción cargada de simbolismo, se instauró el Culto a la Razón, colocando a la llamada "Diosa Razón" en la Catedral de Notre-Dame como sustituto de la adoración al Dios de la Biblia.
La Revolución no solo pretendía cambiar el régimen político; aspiraba a reemplazar la cosmovisión cristiana.
No fue un accidente histórico. Era la consecuencia lógica de una filosofía que colocaba al hombre en el lugar de Dios.
A mediados del siglo XIX, esa misma lógica alcanzó su expresión más sistemática en el marxismo. Karl Marx escribió: "La religión es el opio del pueblo." Pero esa frase suele citarse incompleta. En el mismo pasaje añade que "la abolición de la religión como felicidad ilusoria del pueblo, es la exigencia de su felicidad real." No fue una critica estéril, el objetivo era la desaparición de la religión como elemento de la vida social.
Friedrich Engels fue igualmente explícito al afirmar que el materialismo debía reemplazar toda explicación sobrenatural de la realidad. Y Vladimir Lenin fue todavía más contundente: "Toda idea religiosa, toda idea sobre Dios, toda coquetería con la idea de Dios es una abominable vileza." No era una inferencia teórica; era un programa político.
El resultado fue conocido. Tras la Revolución Bolchevique de 1917, el régimen soviético emprendió una de las mayores persecuciones religiosas de la historia. Miles de sacerdotes, obispos, monjes y creyentes fueron fusilados, enviados a campos de trabajo, privados de todos sus derechos.
Iglesias fueron demolidas o convertidas en almacenes, museos del ateísmo o centros administrativos. El Estado totalitario ocupó el lugar que antes pertenecía a Dios.
Aleksandr Solzhenitsyn resumió aquella tragedia con una frase memorable: "Los hombres se han olvidado de Dios; por eso ha sucedido todo esto." Solzhenitsyn describió con precisión las consecuencias de un sistema construido sobre el ateísmo militante.
Algunos argumentan que hoy existe una izquierda distinta, democrática e _incluso cristiana_. Sin embargo, la cuestión no es si determinados individuos profesan una fe religiosa, sino si la matriz filosófica de la izquierda moderna es compatible con la doctrina cristiana.
El marxismo, que sigue siendo el principal referente intelectual de buena parte de la izquierda contemporánea, descansa sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico, doctrinas que niegan toda realidad trascendente.
La Biblia, por el contrario, coloca a Dios como fundamento de la verdad, de la moral y de la dignidad humana. El cristianismo no considera al Estado como fuente de los derechos; reconoce que estos proceden del Creador. Mientras el marxismo entiende la historia como el producto exclusivo de las relaciones materiales y de la lucha de clases, el cristianismo entiende la historia como el escenario de la providencia divina y de la libertad moral del ser humano.
Por ello, afirmar que no existe tensión entre ambas cosmovisiones supone ignorar sus fundamentos.
Hay personas creyentes que votan por partidos de izquierda, que evidéntemente desconocen las implicaciones filosóficas y políticas de esa decisión.
De ahí que, sostener que el cristianismo y la izquierda comparten una misma raíz doctrinal es una falacia. No la comparten.
Desde los jacobinos que entronizaron a la "Diosa Razón" hasta los bolcheviques que hicieron del Estado un sustituto de Dios, la historia muestra una constante, esto es, cuando el hombre pretende ocupar el lugar del Creador, la opresión y el fracaso es lo que sigue.
Por eso, sostener que el cristianismo puede identificarse sin conflicto con la izquierda exige responder una pregunta que la historia aún no ha logrado disipar: ¿cómo reconciliar el Evangelio con una tradición política cuya corriente intelectual más influyente proclamó que la religión debía desaparecer?
La historia habla. Y cada vez son menos los que están dispuestos a ignorarla





