Por Leonel Peña:
La noche del 1 de octubre, en el Centro Olímpico de Santo Domingo, no hubo solo un desorden de taquilla. Hubo una prueba de fuerza que nos sorprendió asando batatas.
Los haitianos desafiaron a los militares, forzaron entradas y dañaron una puerta de un recinto que el Estado acaba de remozar con millones de pesos.
Policía y Fuerzas Armadas tuvieron que intervenir. Dentro, las graderías se impusieron y se comportaron como les dió la gana hasta llegando a decir que "nuestro territorio le pertenece" y el delantero Wilson Isidor fue filmado diciendo que La Española es Haití.
Eso no es euforia deportiva como quieren alegar algunos ignorantes. Es un mensaje político directo dicho en suelo dominicano, ante miles de compatriotas suyos y con el Estado mirando.
El episodio no es ajeno al dominicano, pero solo se comenta, nos preocupa, pero se olvida.
Mientras tanto no se toma la medida de fondo en la práctica: ordenar de hacer cumplir la ley (sin los malditos negocios y la corrupción). No se deja claro que la soberanía no se negocia en una grada ni con corruptos en la frontera.
El odio no es un invento de redes. Llevan décadas alimentado su animadversión por el relato de que el dominicano es el victimario permanente y ese odio está a punto de llevarse a la practica en nuestro propio territorio.
El Centro Olímpico mostró que ese relato ya no se queda en el discurso: puede traducirse en tumulto, daño y desafío de proporciones insospechadas.
Ya probaron que pueden imponer su fuerza en territorio dominicano. El día que ese mismo impulso pase de la teoría a la práctica a la calle sin avisar, todos nos lamentaremos y eso está a punto de ocurrir, especialmente en las zonas donde sean mayoría y lo harán con saña con piedras, palos, machetes y lo que tengan a mano. Negarlo no lo evita. Prepararse, sí.




