Hay algo que sucede con frecuencia en las redes sociales: leemos una publicación que nos impacta y, casi inmediatamente, pensamos en alguien: “Esto le va a hablar a fulano”. Y sin pensarlo demasiado, lo compartimos, esperando que esa persona lo vea.
No hay nada malo en compartir algo que puede edificar. El problema comienza cuando sentimos la necesidad compulsiva de convertir cada publicación que nos confronta en un mensaje dirigido a alguien más.
A veces, lo que creemos que “el otro necesita escuchar” es precisamente lo que Dios quiere que nosotros escuchemos.
Es curioso cómo podemos leer una reflexión sobre el perdón y pensar inmediatamente en quien nos hizo daño; leer sobre humildad y recordar a quien consideramos orgulloso; leer sobre fidelidad y pensar en quien nos ha fallado. Y mientras señalamos silenciosamente al otro, quizá Dios está tratando de mostrarnos algo a nosotros.
Jesús nos dejó una enseñanza muy clara: antes de ocuparnos de la pequeña paja que está en el ojo de nuestro hermano, debemos mirar la viga que está en el nuestro (Mateo 7:3-5).
Por eso, antes de pulsar “compartir”, quizá deberíamos hacernos una pregunta sencilla: ¿Esto lo estoy compartiendo porque puede ayudar a alguien, o porque deseo que alguien entienda algo que yo quisiera decirle directamente?
No todo mensaje que nos gusta necesita convertirse en una indirecta. Hay palabras que debemos compartir, pero hay otras que debemos guardar en el corazón y permitir que Dios las use primero en nosotros.
Porque quizá aquella publicación que pensamos que era para él, ella o ellos, en realidad llevaba nuestro nombre.
Y cuando Dios quiere hablarle a alguien, no siempre necesita que nosotros se lo enviemos.

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